La Leyenda de La mujer herrada đŸ‘»

Cuenta la Leyenda que entre los años de 1670 y 1680, en la Ciudad de MĂ©xico en una casa de Santo Domingo, vivĂ­a un clĂ©rigo eclesiĂĄstico que segĂșn los pobladores no era una persona honesta ni mucho menos honrada. En la casa vivĂ­a con una mujer que, aunque no lo era la trataba como si fuera su esposa.

Cerca de ahí por una calle que pasaba por una antigua universidad, existía una casa que era conocida como “Casa del Pujavante”, pues tenía grabado sobre la puerta principal un pujavante con unas tenazas entrecruzadas.

En dicha casa habitaba un viejo herrador que era amigo del clérigo, que también era su compadre y este consiente de los malos håbitos del clérigo trataba de aconsejarlo para que su vida se fuera por el buen camino, pero a pesar de su insistencia no tuvo resultados positivos.

Una noche en el que el viejo herrador ya estaba dormido se despertó pues escucho que golpeaban la puerta con fuerza, se levantó råpidamente de la cama para ver quién era, al abrir la puerta vio a dos personas de color con una mula, traían consigo un recado de su compadre el cual le pedía que herrara los mås pronto posible al animal ya que necesitaba salir muy temprano hacia el Santuario de la Virgen de Guadalupe.

Después de herrar a la mula las 2 personas se la llevaron a punta de golpes por lo que el viejo herrero se molestó, al día siguiente fue con su compadre a preguntarle del porque tenía que irse muy temprano y al llegar al lugar encontró al clérigo con su mujer aun en la cama.

El herrero le dijo a su compadre que esas no eran horas de ir a su casa, que Ă©l ya se encontraba dormido, el compadre le dijo que Ă©l no habĂ­a enviado a nadie y que tampoco tenĂ­a que salir temprano a ningĂșn lado. DespuĂ©s de discutir un momento el asunto llegĂł a la conclusiĂłn de que alguien les habĂ­a jugado una broma.

El clĂ©rigo intento despertar a la mujer, pero no obtuvo respuesta, moviĂł el cuerpo de la mujer y sintiĂł que estaba muy dura, algo tiesa, checaron su respiraciĂłn y se dieron cuenta de que habĂ­a fallecido. El herrero y el clĂ©rigo estaban muy espantados, movieron las sabanas que la tapaban y quedaron aĂșn mĂĄs horrorizados ya que la mujer tenĂ­a en sus manos las herraduras y clavos que el viejo herrero le habĂ­a puesto a la mula.

Los compadres estaban seguros de que ese extraño acontecimiento sin duda había sido justicia divina y que los 2 hombres negros eran demonios que vinieron a la tierra desde el inframundo. Los dos compadres se apresuraron para avisarle al cura de la Parroquia de Santa Catarina. Al regresar al hogar se dieron cuenta de que la mujer tenía en la boca un freno y en su cuerpo tenía marcas de golpes propiciados por los hombres negros.

Se decidiĂł enterrar a la mujer en el terreno de la misma casa donde vivĂ­a y una vez que terminara la sepultura el secreto se guardarĂ­a entre los testigos.

Dice la leyenda que ese día el clérigo lleno de temor juro por su vida que cambiaría sus håbitos, las personas lo vieron salir de su casa y nadie volvió a saber de él.